Huertopías (eBook)
392 Seiten
CAPITÁN SWING LIBROS (Verlag)
978-84-129529-2-6 (ISBN)
Sociólogo, experto internacional en soberanía alimentaria. Activista del mo- vimiento vecinal desde hace décadas, ha estado implicado en promover distintas iniciativas comunitarias y proyectos de agricultura urbana. Impulsor de iniciativas como Pedagogías del mañana: ecología, educación y arte, realizado junto al Museo Reina Sofía; el ciclo anual Ecotopías en la Casa Encendida o comisario de la exposición Raíces y Alas. Docente en distintas universidades, colaborador de diversos medios de comunicación.
Sociólogo, experto internacional en soberanía alimentaria. Activista del mo- vimiento vecinal desde hace décadas, ha estado implicado en promover distintas iniciativas comunitarias y proyectos de agricultura urbana. Impulsor de iniciativas como Pedagogías del mañana: ecología, educación y arte, realizado junto al Museo Reina Sofía; el ciclo anual Ecotopías en la Casa Encendida o comisario de la exposición Raíces y Alas. Docente en distintas universidades, colaborador de diversos medios de comunicación.
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Pequeños huertos para grandes crisis
Es humano pensar que el centro del mundo se encuentra en el lugar que pisamos. No podemos explicar nuestra vida sin referirnos a otras personas o a la influencia del territorio sobre el que nos alzamos. Somos el paisaje en el que nos socializamos. Inevitablemente nos parecemos a ese artista del que hablaba Claudio Magris que trazaba valles y montañas, dibujaba árboles y ríos, para finalmente pintar su autorretrato.
Las catástrofes y las crisis, igual que las revueltas y las rebeliones, hacen que el suelo bajo nuestros pies se tambalee, que perdamos estabilidad y nuestra manera de entender y habitar el mundo se descoloque. La ambivalencia prevalece durante estos periodos en los que las certezas se desmoronan. Miedo y alegría, desconfianza e ilusión. Estos episodios no deseados ni planificados interrumpen la normalidad y nos obligan a adaptarnos a unas circunstancias adversas, cambian las prioridades y abren huecos para que sucedan fenómenos que días antes resultaban impensables. Los acontecimientos terribles suelen sacar lo mejor de la gente (compromiso, creatividad, solidaridad, anhelo de vida pública, sentimientos comunitarios…); los momentos de emergencia pueden ofrecer fugazmente escenarios donde predomine el cuidado de la vida y las lógicas prosociales.[1] Espontáneos y forzosos ensayos de otros mundos posibles. Las prioridades y las escalas de valores se redefinen; las formas de organización mutan y se imponen protocolos para compartir de formas socialmente más justas recursos escasos como el agua, los alimentos o las medicinas; la preocupación y el cuidado hacia personas extrañas se generaliza en hospitales de campaña, cocinas o despensas comunitarias. Y todo esto se logra mediante estrategias colectivas, que generan nuevas formas de sociabilidad y fomentan el sentido de pertenencia a través de tareas que producen una sensación de bienestar a quienes las ejecutan, por muy arriesgadas, sacrificadas o tediosas que sean.
Una nueva cotidianeidad se hace cargo de la fragilidad humana, premiando comportamientos altruistas y cooperativos. En medio de estas situaciones, sembrar un huerto ha sido una de las múltiples formas mediante las que la gente ha decidido protagonizar cambios y dejar de padecerlos. La agricultura urbana emerge a lo largo de la historia en periodos de crisis, reapareciendo cíclicamente como una forma de mancharse las manos de realidad, hacer algo por uno mismo y ganar autosuficiencia, combinar la producción de alimentos y el cultivo de relaciones sociales, dignificar lugares degradados y embellecer entornos hostiles, preocuparse por lo inmediato y recuperar el pensamiento a largo plazo, planificar y hacer sitio para los imprevistos.
No es un acto heroico, pero cuidar un huerto es una forma de asumir compromisos tangibles con un lugar, de responsabilizarnos de un fragmento del mundo. Hay quienes sueñan con asaltar los cielos y quienes se conjuran para asaltar los suelos. Más que reivindicar paraísos en la tierra, la agricultura urbana se conforma con sembrar modestas certezas y hacer florecer el ánimo entre sus bancales. Al cavar en el presente y semillar el futuro, los huertos se convierten en espacios propicios para el encuentro entre las comunidades surgidas de las catástrofes sobrevenidas y aquellas que llevan tiempo dedicadas a construir, esforzada más que forzosamente, sucedáneos del paraíso. Los huertos son sencillas e incompletas alternativas, materializan utopías imperfectas que se prolongan en el tiempo y resultan habitables.
La pandemia supuso una catástrofe de dimensiones desconocidas durante las últimas generaciones, sacudiendo nuestro mundo hasta los cimientos. Una experiencia a nivel planetario que ha atravesado la sociedad, convirtiéndose en un hecho social total[2] que revolucionaba a la vez y de golpe al conjunto de instituciones sociales, políticas, económicas y culturales, así como trastocaba la inercia de las relaciones personales, familiares, laborales o convivenciales. La idea de escribir el libro que tienes entre las manos surge en este contexto, donde se cruzaban la pandemia y el confinamiento, una crisis económica y la efervescencia solidaria surgida para hacerle frente. Todo comienza con nuestro interés por conocer lo que había sucedido en torno a la agricultura urbana durante este singular periodo. Encerrados en casa con nuestro hijo pequeño constatábamos cómo de forma global e imperceptible los huertos urbanos vivían una atípica primavera. En muchas ciudades dieron de comer, sirvieron de refugio, reivindicaron y apoyaron el diseño de sistemas alimentarios alternativos, pusieron en valor la importancia de las zonas verdes de proximidad o ayudaron a que brotase una nueva sensibilidad hacia las plantas y la naturaleza.
Escribimos las primeras páginas con el convencimiento de que no habíamos vivido un anticipo del colapso ni el parto de un mundo nuevo, pero sin embargo no podíamos deshacernos de la sensación de que ambas tendencias estaban presentes. Al principio de la pandemia se decía que íbamos a salir mejores. Hoy contemplamos esta afirmación con nostalgia o sarcasmo. Podríamos optar por enumerar todos los aprendizajes fallidos, las inercias que vuelven, los riesgos que aumentan y cómo seguimos profundizando el pozo que deberíamos dejar de cavar; pero quizás resulte más relevante focalizarnos en los escasos motivos para la esperanza. Y el auge global de la agricultura urbana es, sin duda, uno de ellos.
Ese es el motivo por el que en estos años nos hemos dedicado a rastrear y documentar iniciativas de medio mundo, previas y posteriores a la pandemia; hemos conversado con activistas y otras personas apasionadas por el cultivo de alimentos en la ciudad, y hemos reactualizado nuestras lecturas. De este modo, hemos ido dando forma a un cúmulo de reflexiones y seleccionando un muestrario de experiencias inspiradoras, convencidos de que no eran pintorescos endemismos condenados a funcionar en un área geográfica restringida debido a condiciones ambientales particulares, sino procesos susceptibles de replicarse y adaptarse de forma creativa a otros contextos.
Las páginas que siguen sintetizan años de investigación y de experiencias personales, a través de las cuales hemos podido reafirmar las potencialidades que encierran los huertos para cuidar personas, cultivar relaciones sociales, respaldar otros modelos económicos y ecologizar el funcionamiento de nuestras ciudades. La agricultura urbana está ayudando a desplegar mejores versiones de lo que somos capaces como sociedad. Una parte significativa de nuestra ilusión a la hora de mirar al futuro reposa en esas minúsculas semillas y en su capacidad para hacer brotar cambios más profundos y perdurables.
Agricultura urbana en la ciudad vaciada
«Igual que muchas máquinas se reinician a sí mismas tras una caída de corriente, los seres humanos nos reiniciamos después de una catástrofe para volver a un estado altruista, comunitario, imaginativo, regresando a algo que siempre supimos hacer. La posibilidad del paraíso la llevamos dentro, como una configuración por defecto».
Rebecca Solnit
Las calles se vaciaron, millones de personas asumieron la necesidad de recluirse en sus hogares para proteger del colapso a los sistemas sanitarios, protegerse a sí mismas, proteger a quienes las rodeaban y, por extensión, a sus seres queridos. La obediencia a las recomendaciones sanitarias fue casi unánime y la retirada del espacio público se convirtió en un acto de responsabilidad colectiva. Un gesto más cargado de empatía y altruismo que de obediencia y egoísmo, evidenciando que, paradójicamente, la libertad puede significar encerrarse voluntariamente, separarse de nuestros seres queridos puede ser una muestra de afecto y distanciarnos físicamente puede convertirse en una forma de acercarnos socialmente.
La ciudad vaciada nos devolvió una imagen urbana inédita, donde la arquitectura sin personas devenía un decorado silencioso que oscilaba entre lo atractivo y lo tenebroso. Un espacio que volvía a percibirse habitado al atardecer, cuando puntualmente sonaban los aplausos desde balcones y ventanas. Un ritual que millones de personas mantuvimos durante los meses de confinamiento.
Durante las primeras semanas, la vuelta al hogar se narró como una oportunidad para pensar y reflexionar sobre el sentido de nuestras vidas, disfrutar de las relaciones de convivencia y cuidados de forma intensiva, recrearnos en tareas cotidianas como cocinar, desarrollar nuestras aficiones o realizar nuestras asignaturas pendientes. Se nos invitaba a hacer bricolaje doméstico o ser diseñadores de interiores para maximizar de forma creativa los usos de un espacio limitado, que ahora debía servir como oficina para teletrabajar, como escuela y como espacio de ocio.
Una visión romántica cuya idealización se fue debilitando según crecía el drama y se alargaba el confinamiento, las desigualdades sociales se hacían más patentes y miles de familias iban quedando abandonadas a su suerte al carecer de recursos económicos. Ante la crisis sobrevenida, de forma espontánea y aprovechando en muchos casos los vínculos organizativos preexistentes del tejido vecinal, toda nuestra geografía se llenó de centenares de iniciativas solidarias de proximidad.
Un ejercicio de empatía ciudadana materializado en la conformación de redes vecinales de ayuda mutua que se organizaron para atender las necesidades de personas vulnerables (mayores, población de riesgo, con movilidad reducida…). El objetivo, inicialmente, era realizar...
| Erscheint lt. Verlag | 10.2.2025 |
|---|---|
| Reihe/Serie | Ensayo |
| Verlagsort | Madrid |
| Sprache | spanisch |
| Themenwelt | Naturwissenschaften ► Biologie ► Ökologie / Naturschutz |
| Naturwissenschaften ► Geowissenschaften | |
| Weitere Fachgebiete ► Land- / Forstwirtschaft / Fischerei | |
| Schlagworte | Agricultura • ecohuertos • ecología • huertos • huertos urbanos • terapias hortícolas |
| ISBN-10 | 84-129529-2-8 / 8412952928 |
| ISBN-13 | 978-84-129529-2-6 / 9788412952926 |
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