Madrid 1999 (eBook)
200 Seiten
Editorial Bubok Publishing (Verlag)
978-84-686-8192-4 (ISBN)
Miradas de piedra
La mañana del día siguiente se esfuma rápido. Tan rápido como la tarde anterior, que pasé leyendo, tomando notas o refrescándome con la manguera en la azotea hasta el anochecer.
Me despierto a las diez y una atmósfera tórrida flota ya en la casa. Estoy un par de horas tumbado, hojeando notas, trazando itinerarios sobre un mapa. Cerca de las doce, me doy una ducha y salgo a la calle. El piso donde duermo es la casa familiar, la de mis padres, donde viví desde los siete a los veintinueve años, exceptuando largas temporadas que mi accidentado deambular llevó a Inglaterra, Alemania, las Islas Baleares, Suecia...
Sigo el curso de la línea 10. Hoy empiezo en Nuevos Ministerios. En el andén una curiosa contradicción me decide a subir a la superficie. Allá arriba, entre la burocracia de los Nuevos Ministerios, los grandes almacenes comerciales y las acristaladas torres donde tienen su sede entidades financieras y compañías de seguros, se halla la estatua de un poeta: Manuel del Palacio. Me pregunto cómo podrá sobrevivir un poeta en el Madrid más financiero, burocrático y ministerial, aunque sea en forma de estatua.
La calle está abrasada por un sol despiadado (son las tres y media del mes de agosto) y rugen los motores de los coches. En el aire denso y seco, flotan las partículas contaminantes de los tubos de escape y del polvillo de ladrillo y escayola de la fachada en obras que te saluda nada más salir de la boca del metro. La garganta se reseca y la nariz pica.
Moles de granito que rematan en una hilera de arcos cercan el recinto donde se albergan los Nuevos Ministerios. No hay rastro de la estatua del poeta. No me extrañaría que la piedra hubiese cobrado vida para irse a la glorieta de un parque.
Decido internarme en el recinto, pues al mirar el plano zonal del metro pude ver que por aquí hay otras dos estatuas: Indalecio Prieto y Largo Caballero, ministros en la Segunda República, ambos exiliados en su tiempo.
Cruzo la penumbra de uno de los arcos principales de los Nuevos Ministerios y llego hasta la cabina donde un guardia jurado se encarga de levantar la barrera para que pasen los coches. Está charlando con un colega que, apoyado en la ventanilla abierta de la cabina, muestra un voluminoso perfil de cabeza rapada.
—¿Estatuas? ¿No será la placa?
Me dice estirándose como un orangután, escondiendo sus ojos tras los espejos de unas gafas de sol y bostezando con la naturalidad de quien parpadea.
—En el plano ponía estatuas.
—Pues yo estatua aquí no sé, pero si quiere ver la placa...
—Bueno.
—¿Ve la bandera aquella? La española.
—La veo.
—Debajo de ella hay un pequeño busto y la placa.
Atravieso el jardín en dirección a la placa. El jardín está geométricamente dispuesto en parterres rectangulares con esbozos florales simétricos. Los árboles parecen de cartón piedra, tiesos, no se les mueve ni una hoja. Unos patos se refrescan en el agua de un estanque, también rectangular, otros están tumbados a la sombra, dentro de sus cabañas de madera, huyendo del calor. A su alrededor, rosales con rosas muy rojas sombrean el agua y, sobre el césped rasurado, crecen plantas de flores malvas y blancas. Este minúsculo encuentro con la naturaleza, esta evasión casi pictórica rodeados de un Madrid mineral de perfiles agudos, la disfrutan algunos niños que andan en bicicleta o juegan al fútbol, como este que corre a mi lado y lleva la camiseta del Real Madrid con el nombre de Mijatovic. En los bancos, los ancianos o las cuidadoras les ojean desde la sombra. Al final, se impone la mole del edificio.
En efecto, bajo la bandera hay un busto y una placa donde se lee: “El Ayuntamiento de Madrid en homenaje a Indalecio Prieto, Ministro de Obras Públicas de 1931 a 1933. En el centenario de su nacimiento. Esta lápida fue descubierta el 26-XII-1983”.
Camino paralelo a los edificios ministeriales, descubriendo hallazgos arqueológicos que creía extinguidos. En una columna se lee: “Francisco Franco inauguró esta gran plaza el 18 de julio de 1963”. En un cartel se lee “Ministerio de Medio Ambiente” y en otro “Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales”.
Sobre la hierba, o en recintos cercados con una cadena, descansan enormes máquinas, dueñas de un pasado no muy lejano. Por ejemplo, esta apisonadora que tiene un enorme rodillo para sentar el asfalto, según cuenta la placa. Aunque antigua, está muy bien conservada.
—¡Hola, señor! ¿Aquí se puede estar? —me pregunta de repente la apisonadora. Para ser una máquina tan extraordinaria, tiene una voz muy infantil. Observando su interior, descubro dos bracitos menudos que manipulan la palanca, mientras una cascada de pelo negro se balancea al compás.
—¿Se puede estar aquí? —dice ahora la niña, mirándome ya directamente a la cara.
—Creo que no se debe.
—Los guardias no me regañan.
—Pues ten cuidado y no te caigas.
Pienso resignado que, a falta de un parque con columpios y toboganes para los críos, no está tan mal una apisonadora.
—¿Esto para qué es? —Se ve que la cría es resuelta y parlanchina.
—Es una manivela que sirve para hacer girar la máquina, pero ahora no funciona. Es una máquina muy antigua.
—¿Me ayudas a bajar?
Ahora soy yo quien pasa por encima de las cadenas que cercan el espacio alrededor de la máquina. Cojo a la niña en brazos y la poso con cuidado y picardía en el suelo, al otro lado de las cadenas.
—Gracias —dice el diablillo, mientras se agacha como un conejo por debajo de las cadenas y se sitúa de nuevo al otro lado de la máquina.
—Ahora quiero subir por este lado. ¿Me ayudas?
Los escalones son altos y tengo que ayudar a la niña a sentarse en la cabina, donde estaba al principio.
¿Dónde estarán sus papaítos? ¿¡Pero no hay nadie con esta cría!? Pienso, mientras mis ojos recorren los alrededores hasta encontrarse con los de una mujer de rasgos asiáticos, que se ríe tanto que parece tenerlos cerrados, como dos ranuras. También ríe la anciana que está junto a ella en el banco, mientras observan la escena.
—Adiós —digo a la maquinista.
—Adiós, señor.
Este rincón es un museo al aire libre. Ahora veo, junto a sus correspondientes placas, un hito de señalización de carreteras y una hélice triplana metálica del avión Douglas DC-4.
Bajo un magnolio, como escondidas en una cueva, se cobijan mujeres de tez morena que reclaman a los niños con suave acento caribeño. Niños de tez muy blanca se encaraman a los árboles y llaman a las mujeres por su nombre. Cuando los niños acuden, les dan la merienda: sándwiches de jamón y queso, bocadillos de salchichón, botellitas de agua o yogur. Sus padres probablemente estén trabajando y lleguen a casa al anochecer. Está claro que han tomado esta antesala ministerial como parque de juegos.
Un cartel informa de las especies arbóreas del jardín: hayas, pinos, madroños, encinas y ciruelos. Sin embargo, delante del Ministerio de Medio Ambiente, el estanque está seco. Sobre él pasean, aburridas, un grupo de palomas picoteando ramitas y flores. Decido dejar el lugar, después de leer en una placa que me hallo frente a una turbina hidráulica tipo “Pelton” y una grúa con ruedas de oruga. ¡Menudo armatoste! Un enorme cedro se alza tras las máquinas, repleto de niños que cuelgan como manzanas maduras, apunto de caerse en cualquier momento.
—Señor, ¿es usted el dueño de las máquinas? —pregunta una de las manzanas.
El señor se hace el sordo y sigue caminando, no sea que algún otro niño quiera que le suba a la apisonadora o al avión.
Fuera ya del recinto, veo una estatua. Salto el murete para incorporarme a la acera (la salida queda lejos) y leo: “Largo Caballero, Ministro de Trabajo y Previsión Social, 1931-1933”. En un lateral del pedestal de granito: “Escultor Pepe Noja”. Camino hasta la esquina, donde una enorme pila redonda, con chorros de agua que forman arcos curvados hacia su interior, sirve de rotonda para los coches, que ahora son pocos. Es la Plaza de San Juan de la Cruz. El reloj digital que se yergue en la acera marca treinta y ocho grados centígrados, y las seis de la tarde. Puedo ver, desde aquí, el Museo de Ciencias Naturales, junto al suntuoso edificio de la Escuela Superior de Ingenieros Industriales con la bandera de España que cuelga de un mástil inclinado.
Sentado, a la sombra de un enorme bloque de granito, miro la espuma de la fuente y los coches, que se llevan su frescor. Al levantarme, veo tras de mí otra estatua. Lejos, en una pared, hay una placa. Subo las escalinatas y leo: “Indalecio Prieto Tuero. Oviedo, 1883 - México, 1962. Taquígrafo, periodista, parlamentario, orador, político insigne, gobernante de esclarecido talento y generoso corazón. Austero restaurador de la Hacienda Pública. Creador de nueva y fecunda política de Obras Públicas. Impulsor del desarrollo urbanístico de Madrid. Luchador infatigable por la libertad y el progreso”.
Cuando bajo las escalinatas, me parece ver entre los destellos de sol otra estatua más, esta vez de alguien a caballo, con el bronce bruñido, verdosa de abandono y con cagadas de paloma en sus hombros, como galones. Me acerco y ahora puedo ver una pileta...
| Erscheint lt. Verlag | 20.7.2018 |
|---|---|
| Verlagsort | Madrid |
| Sprache | spanisch |
| Themenwelt | Literatur ► Biografien / Erfahrungsberichte |
| Reisen ► Reiseführer ► Europa | |
| Reisen ► Sport- / Aktivreisen ► Europa | |
| Schlagworte | autobiografía • ciudad • Madrid • Metro • rincón • viajes |
| ISBN-10 | 84-686-8192-X / 846868192X |
| ISBN-13 | 978-84-686-8192-4 / 9788468681924 |
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