El incienso de los espíritus (eBook)
656 Seiten
Nocturna (Verlag)
978-84-17834-76-0 (ISBN)
Victoria Álvarez (Salamanca, 1985) es historiadora del arte, trabaja como profesora en la Universidad de Salamanca y esta? especializada en literatura arti?stica del siglo XIX. Tras la publicacio?n de sus primeras novelas --Hojas de dedalera (Versa?til, 2011) y Las Eternas (Versa?til, 2012)--, en 2014 inicio? la trilogi?a Dreaming Spires con Tu nombre despue?s de la lluvia (Lumen), que continuo? en Contra la fuerza del viento (Lumen, 2015) y El sabor de tus heridas (Lumen, 2016). En 2017 publico? La ciudad de las sombras (Nocturna, 2017), el comienzo de la trilogi?a Helena Lennox, cuya historia continu?a en El pri?ncipe de los prodigios (Nocturna, 2018) y El incienso de los espi?ritus (Nocturna, 2019). En 2018 publico? otras dos novelas independientes: Silverville (Nocturna) y La Costa de Alabastro (Alianza: Runas), y en 2019 salio? La voz de Amunet (Nocturna), una historia ambientada en el Egipto de los faraones.
Victoria Álvarez (Salamanca, 1985) es historiadora del arte, trabaja como profesora en la Universidad de Salamanca y está especializada en literatura artística del siglo XIX. Tras la publicación de sus primeras novelas --Hojas de dedalera (Versátil, 2011) y Las Eternas (Versátil, 2012)--, en 2014 inició la trilogía Dreaming Spires con Tu nombre después de la lluvia (Lumen), que continuó en Contra la fuerza del viento (Lumen, 2015) y El sabor de tus heridas (Lumen, 2016). En 2017 publicó La ciudad de las sombras (Nocturna, 2017), el comienzo de la trilogía Helena Lennox, cuya historia continúa en El príncipe de los prodigios (Nocturna, 2018) y El incienso de los espíritus (Nocturna, 2019). En 2018 publicó otras dos novelas independientes: Silverville (Nocturna) y La Costa de Alabastro (Alianza: Runas), y en 2019 salió La voz de Amunet (Nocturna), una historia ambientada en el Egipto de los faraones.
PRÓLOGO
Decían los antiguos egipcios que, en el momento en que una persona moría, su ba o energía espiritual abandonaba su cuerpo para ascender al cielo y no regresaba hasta que este era depositado, convenientemente momificado, en el interior de su tumba. Recuerdo que mi padre me lo explicó en nuestra primera visita al Valle de los Reyes, cuando quise saber qué simbolizaban aquellos pájaros con cabeza humana que aparecían en las pinturas, y también que no había habido una sola ocasión desde entonces en la que, al agarrar con las manos enguantadas los controles de mi Defiant, no me viniera a la cabeza esa historia.
Cada vez que emprendía el vuelo, incluso cuando estaba luchando en el frente, con un escuadrón entero de la Luftwaffe pisándome los talones, pensaba en los ba egipcios y la imperturbabilidad con la que surcaban el cielo. Mi espíritu no me había abandonado aún, pero el hecho de que también hubiera algo esperándome en tierra, algo infinitamente más poderoso que las ametralladoras alemanas, me hacía sentir capaz de cualquier cosa.
—Por mucho que te cueste creerlo, muchacha, en ningún sitio he alcanzado tanta paz como en las alturas —dije a través del sistema de comunicación interno del avión. No tuve que darme la vuelta para saber que mi pobre biógrafa, encogida en la torreta de cola desde la que se manejaban las ametralladoras, estaba empezando a ponerse más verde que Osiris.
—Pues debe de ser que usted es inmune a las turbulencias. —La voz de Ruth no era más que un gemido en mis auriculares—. Estoy volviendo a saborear el koshari de anoche.
—Deja de agobiarte tanto y disfruta de lo que tenemos ahí abajo. ¿Te das cuenta de lo distinto que es El Cairo desde aquí? ¿De todas las cúpulas, las casas modernas, las…?
—La habría creído sin tener que subirme a esta cosa. No pienso perdonárselo jamás.
Parecía considerar especialmente insultante que una anciana gozara de tal manera de algo que a ella la aterrorizaba. Conforme adquiríamos mayor altura, la sombra de mi viejo compañero de armas empezaba a asemejarse más y más a la de un enorme albatros.
—Recuérdeme por qué hacemos esto —continuó la chica—. Lo necesito con urgencia.
—Porque, desde que aceptaste el encargo de nuestros editores, te aburres como una ostra y estabas pidiendo a gritos una buena descarga de adrenalina —le contesté, haciendo que el Defiant se elevara un poco más—. Y eso que estás trabajando en la biografía de una arqueóloga; no me quiero ni imaginar cómo te sentirías con la de un monje dominico.
—Dudo que un monje me obligara a volar en una cáscara de nuez como esta —dijo Ruth con la voz aún temblorosa—. ¿Es algún tipo de venganza por ser una metomentodo?
—Bueno, mentiría si dijera que no te lo has ganado a pulso. De algún modo tenía que ajustar cuentas contigo, después de todos los interrogatorios a los que me has sometido.
Me costó disimular una sonrisa al oírla resoplar. Puede que no fuera el caza más aerodinámico de la Royal Air Force, pero el primer vuelo a bordo de un Defiant no se olvidaba en la vida, especialmente si eras alguien cuya idea de la transgresión, como sucedía con Ruth, consistía en ahumarte mucho los ojos y poner rock a todo volumen en mi casa a orillas del Nilo. Daba igual que le dijera que en cuarenta y cuatro años aquel avión no me había dado un solo susto; estaba segura de que lo único que le impedía ponerse a hiperventilar era su afán por demostrarme de qué pasta estaba hecha.
Una vez que dejamos atrás los suburbios de El Cairo, convertido desde el cielo en un inmenso mosaico multicolor, el desierto salió a recibirnos con los brazos abiertos. Hacía poco que había amanecido y los primeros turistas acudían al complejo de Giza como las abejas a un panal de miel. Unos cuantos acababan de alcanzar la cumbre de la pirámide de Keops aprovechando que todavía no hacía demasiado calor, y al pasar por encima de ellos se pusieron a saludarnos con tanto entusiasmo que les devolví el gesto desde la cabina.
—¿Sabías que estaban rematadas por una pequeña pirámide de oro puro? —Señalé la inmensa mole tendida a nuestros pies, cuya cima resultaba curiosamente plana desde las alturas—. Ninguna se ha conservado, por supuesto; imagina cuánto podría valer algo así…
—Si hubieran llegado intactas a nuestro siglo, sé de cierta dinastía de arqueólogos que las habría hecho desaparecer —repuso Ruth con impaciencia—. No trate de cambiarme de tema, Helena: sabe que sólo he estado haciendo mi trabajo. Por muy celosa que sea de su intimidad, tiene que entender que necesito su ayuda para sacar adelante este proyecto.
—Lo dices como si no estuviera colaborando contigo ahora mismo. ¿Crees que es una casualidad que estemos aquí arriba nada más decidir abordar el capítulo de la guerra?
—Pues si esta es su idea de inmersión, me parece que esperaré a estar de vuelta en Londres para escribirlo. —Esta vez mi sonrisa fue aún más descarada, y aunque no podía verle la cara, supe que ella también había claudicado—. A decir verdad, preferiría que me echara una mano con otras cuestiones. Hay ciertos asuntos sobre los que sigue sin soltar prenda, como ese soplo gracias al cual pudo dar con las ruinas de la antigua Akhetatón…
—Siento decir que no puedo ayudarte con eso —me limité a contestarle—. Si he de serte sincera, ni siquiera yo misma estoy segura de quién demonios me dio el chivatazo.
—El bombardeo en Normandía, por ejemplo, y lo que ocurrió después. He perdido la cuenta de las llamadas que le he hecho al señor Thorne, pero no me hace el menor caso.
—Ese viejo zorro —me reí entre dientes—. Sabe que tampoco le conviene abrir la boca.
Al dejar atrás las últimas tumbas arracimadas alrededor de las pirámides, el horizonte empezó a serpentear ante nuestros ojos con las ondulaciones de las primeras colinas. Allí comenzaban los antiguos dominios de los chacales y las hienas, en los que nadie se atrevía a adentrarse sin un amuleto protector por miedo a ser atacado por los genios del Amenti.
—El asunto de Arshad Singh. —La sonrisa se me congeló en los labios; eso sí que no me lo esperaba—. Ah, sabía que acabaría dando con su punto débil —siguió diciendo ella.
—Creí haberte dejado claro que una cosa es mi vida profesional y otra muy distinta, la personal —contesté lo más secamente que pude—. Más vale que no sigas por ahí, chica.
—En ese caso, debería habérselo pensado mejor antes de empezar a hablarme de la India y de Italia. Empiezo a estar harta de ese complejo de Sherezade que le hace dejar las historias a medias, como si en el fondo le diera pánico exponerse demasiado ante mí.
—Y yo de esa condenada manía tuya de hacerme preguntas comprometidas cuando más distraída estoy para intentar tirarme de la lengua. —Apreté los labios mientras volvía a clavar la vista en el desierto, envuelto en la bruma rosada del amanecer—. En cualquier caso, no puedo contarte nada más —continué de mala gana—. Ese es un capítulo cerrado.
—¿De verdad piensa que soy tan estúpida como para creerme algo así, Helena? ¿Un último encuentro en Nápoles, un beso a orillas del Tirreno y cada uno de vuelta a su casa?
—¡Por el amor de Dios, si no tenía más que dieciocho años! —me encrespé—. ¡Si te estoy diciendo que no puedo contarte nada más, es porque no pasó nada más!
—Suerte que se decantó por la arqueología. No he visto una actriz peor en mi vida.
Luché contra el impulso de ponerme a dar volteretas en el aire por el simple placer de atormentarla. Durante un minuto entero guardamos silencio, hasta que la joven dijo:
—Maat. —Aquello me sorprendió aún más, tanto que me giré en el asiento—. Ah, no, ni hablar —dijo observándome a través del cristal separador—. Siga mirando hacia delante.
—¿Por qué te interesa de repente eso? —pregunté sin poder ocultar mi desconcierto.
—Porque, cada vez que me ha contado un episodio de su adolescencia, ha sido para acabar confesando un asesinato. Uno mediante un cuchillo, otro con mármol líquido…
—Espero que mantengas tu promesa y no se te ocurra meter nada de eso en el libro.
—No es descabellado pensar —continuó ella, como si no me hubiera oído— que el tercero lo cometió con su primera pistola, sobre todo siendo un modelo norteamericano de 1924 y habiendo visitado usted Estados Unidos ese mismo año, según su prima Chloë.
—Santo cielo —mascullé—. ¡Voy a tener que pedirle a su marido que le ponga un bozal!
Daba igual lo malhumorada que me sintiera: el recuerdo de aquella primavera me zarandeó el corazón, aunque no fue una sensación del todo desagradable. Me sorprendió cobrar conciencia de que no le había vuelto a dedicar un pensamiento en muchos meses. La dichosa biografía de Ruth nos había hecho rebuscar entre una tonelada de documentos relacionados con mis descubrimientos arqueológicos; de algún modo, la Helena adulta se había encargado de borrar las huellas de la Helena adolescente, como tantas veces había visto hacer al simún en el desierto egipcio. «Pero algunas huellas son tan profundas que ni siquiera los remolinos de arena más devastadores...
| Erscheint lt. Verlag | 25.11.2022 |
|---|---|
| Reihe/Serie | Helena Lennox |
| Verlagsort | Madrid |
| Sprache | spanisch |
| Themenwelt | Kinder- / Jugendbuch ► Spielen / Lernen ► Abenteuer / Spielgeschichten |
| Schlagworte | años 20 • años veinte • aventuras • Geishas • Japón • Misterio • Novela • Nueva York |
| ISBN-10 | 84-17834-76-1 / 8417834761 |
| ISBN-13 | 978-84-17834-76-0 / 9788417834760 |
| Informationen gemäß Produktsicherheitsverordnung (GPSR) | |
| Haben Sie eine Frage zum Produkt? |
Kopierschutz: Adobe-DRM
Adobe-DRM ist ein Kopierschutz, der das eBook vor Mißbrauch schützen soll. Dabei wird das eBook bereits beim Download auf Ihre persönliche Adobe-ID autorisiert. Lesen können Sie das eBook dann nur auf den Geräten, welche ebenfalls auf Ihre Adobe-ID registriert sind.
Details zum Adobe-DRM
Dateiformat: EPUB (Electronic Publication)
EPUB ist ein offener Standard für eBooks und eignet sich besonders zur Darstellung von Belletristik und Sachbüchern. Der Fließtext wird dynamisch an die Display- und Schriftgröße angepasst. Auch für mobile Lesegeräte ist EPUB daher gut geeignet.
Systemvoraussetzungen:
PC/Mac: Mit einem PC oder Mac können Sie dieses eBook lesen. Sie benötigen eine
eReader: Dieses eBook kann mit (fast) allen eBook-Readern gelesen werden. Mit dem amazon-Kindle ist es aber nicht kompatibel.
Smartphone/Tablet: Egal ob Apple oder Android, dieses eBook können Sie lesen. Sie benötigen eine
Geräteliste und zusätzliche Hinweise
Buying eBooks from abroad
For tax law reasons we can sell eBooks just within Germany and Switzerland. Regrettably we cannot fulfill eBook-orders from other countries.
aus dem Bereich