Los Irregulares de Nanking Road (eBook)
352 Seiten
Nocturna (Verlag)
978-84-18440-75-5 (ISBN)
Silvia Aliaga (Zaragoza, 1984), graduada en Derecho, ha publicado con Tatiana Marco la exitosa trilogía juvenil De Seúl al cielo (Nocturna, 2018-2020). En Los Irregulares de Nanking Road (Nocturna, 2022), su segunda obra en solitario tras Los jardines del agua (DNX, 2021), se sirve de su pasión por Sherlock Holmes para presentar una trepidante historia de misterio ambientada en Shanghái.
Silvia Aliaga (Zaragoza, 1984), graduada en Derecho, ha publicado con Tatiana Marco la exitosa trilogía juvenil De Seúl al cielo (Nocturna, 2018-2020). En Los Irregulares de Nanking Road (Nocturna, 2022), su segunda obra en solitario tras Los jardines del agua (DNX, 2021), se sirve de su pasión por Sherlock Holmes para presentar una trepidante historia de misterio ambientada en Shanghái.
Lo que pasó en Karlovy Vary
Primera parte
Había conseguido acorralar al pequeño pájaro en una esquina. El animalillo se ocultaba detrás del toldo colorido de un tenderete, revoloteando tras la tela y sin ser capaz de emprender el vuelo. Hubert sospechaba que alguien le había cortado algunas plumas para que no pudiera hacerlo. Lo poco que había podido vislumbrar del ave, piando confusa entre los tenderetes de comida, licor y obleas del mercadillo vespertino frente al Gran Balneario, le había hecho pensar que se trataba de uno de esos pájaros exóticos que solían traer los turistas extranjeros que visitaban Karlovy Vary. No sabía cómo el pajarillo había sido capaz de llegar hasta allí y de cuál de las lujosas mansiones de aquella calle se había escapado, pero estaba claro que, si no se lo llevaba, no conseguiría permanecer con vida mucho más tiempo. Si no se daba prisa, acabaría aplastado por el zapato de un transeúnte o en la tripa de algún gato.
—Vamos, pequeño. —Hubert se acercó con cuidado y se agachó bajo el puesto de frutas escarchadas—. Solo quiero ayudarte.
En un movimiento rápido, retiró el toldo tras el que se ocultaba el animal, consiguiendo atraparlo entre las manos antes de que saliese huyendo de nuevo. Lo contempló con una mezcla de triunfo y fascinación. Era precioso, con el pico curvado hacia abajo y las plumas de colores brillantes. Lo envolvió con cuidado entre las faldas de su camisa y emprendió el camino a casa.
Hubert vivía con su familia en las afueras. Karlovy Vary, la pequeña ciudad del Reino de Bohemia, en el corazón de Europa, rebosaba de actividad aquella tarde. Los visitantes que se alojaban allí durante todo el verano, y aquellos que habían venido tan solo unos días para contemplar por sí mismos sus famosos balnearios, caminaban por las calles adoquinadas disfrutando de las melodías de los músicos ambulantes y ojeando las delicias de los puestos del mercadillo. A sus quince años, Hubert se sentía el muchacho más afortunado del mundo por haber nacido en una ciudad como aquella. Una ciudad repleta de hoteles esplendorosos y que damas tan elegantes y caballeros tan admirables ansiaban visitar, año tras año. Esa tarde, mientras regresaba a casa con el pajarillo de colores en la mano, Hubert no hubiese deseado vivir en ningún lugar que no fuera Bohemia y, dentro de Bohemia, en ninguna ciudad que no fuera la radiante Karlovy Vary.
En la parte trasera del taller de su madre, en un pequeño patio al aire libre que conectaba con uno de los bosques de pinos que rodeaban la ciudad, Hubert había colocado una vieja jaula de pájaros. En ese momento vivían en ella un jilguero cuya ala izquierda no se había terminado de curar del todo y un pájaro cantor de color verde que, al igual que el pájarillo exótico que acababa de encontrar, parecía incapaz de valerse por sí mismo. Hubert introdujo con suavidad al recién llegado en la jaula y se quedó un rato observando, asegurándose de que no suponía una amenaza para los otros dos. Aunque resultaba un poco más grande que ellos, se mostraba bastante pacífico y pareció relajarse dentro de la jaula al encontrarse libre del agarre de Hubert.
Iba a tener que acercarse al mercado de flores y pájaros si quería averiguar qué comía un animal así. Esperaba que, por el momento, la fruta y las semillas de las que se alimentaban los otros fuesen suficientes. Mientras se planteaba sus posibilidades, oyó la voz de su madre desde dentro de la tienda.
Acudió a su llamada, arreglándose la camisa que seguía suelta desde que había protegido en ella al pájaro. Allí, tras el mostrador de la pequeña tienda, su madre atendía a un hombre que Hubert no había visto nunca. Sus ropas le delataban como un criado de alguna casa importante de la ciudad. No era extraño verlos por allí. La familia materna de Hubert era una de las pocas en Karlovy Vary que no se dedicaban al negocio de las aguas termales ni del cristal. Su abuelo había trabajado siempre arreglando maquinaria. Motores, sobre todo, pero también bicicletas, relojes y cualquier otro engranaje que necesitase reparación. Después de su muerte, su madre había mantenido la tienda y el taller. En ocasiones, incluso recibían clientes de Praga y otras ciudades vecinas. Sobre el mostrador, ella estaba envolviendo en un paño un reloj de bolsillo y se lo entregaba al hombre. Este se despidió con cortesía y abandonó la tienda. Hubert contempló cómo se marchaba a través del cristal del escaparate. Al otro lado, la discreta calle de las afueras de la ciudad, tan diferente a las hermosas y abarrotadas avenidas del centro, resplandecía bajo la luz de principios de septiembre.
—Necesito que vayas a ver al Bisognosi —le indicó su madre mientras señalaba un pequeño bulto, envuelto esta vez en un elegante pañuelo de caballero, que descansaba sobre el mostrador. Bajo el mismo, había un sobre cerrado.
Hubert asintió con aprensión, estirando el brazo para coger el bulto y el sobre. Estaba acostumbrado a ese tipo de recados, pero no por ello le resultaban menos desagradables. Los hombres que deseaban contratar los servicios del Bisognosi casi nunca se citaban directamente con él: sabían que cualquiera de los negocios abiertos al público de la ciudad servía de intermediario. Todo el mundo allí, de un modo u otro, se encontraba bajo el control y la protección del Gran Jefe de Artesanos.
—No te retrases —le advirtió su madre—. Ni te entretengas. Me da igual si te encuentras en la fábrica con tu padre o con alguno de tus amigos. Vuelve a casa cuando termines, necesito que te quedes con tu hermano.
Hubert se esforzó por reprimir la oleada de frustración. Su hermano pequeño, de apenas tres años de edad, a veces era una verdadera molestia. Le hubiese encantado pasar el resto de la tarde vagando por el centro de la ciudad, escuchando música y contemplando los carruajes de los visitantes. Resignado, abandonó la tienda rumbo a El Gran Pantaleone, la fábrica de cristal del Bisognosi, al otro lado de Karlovy Vary.
«El Bisognosi» no era el verdadero nombre del Jefe de Artesanos de Karlovy Vary. Simplemente, había decidido adoptar ese apodo. Tampoco «Jefe de Artesanos» era el nombre más adecuado para describir su función. El Bisognosi era un jefe criminal, por mucho que se ocultase en el despacho de una fábrica de cristal. Era un hombre de origen italiano que se había instalado allí hace décadas, adquiriendo una de las fábricas más importantes de la ciudad, que había entrado en bancarrota, y transformándola en un negocio próspero que eclipsaba a cualquier competidor. Entremedias, se rumoreaba, también había participado en negocios mucho más cuestionables. Aun así, la mayor parte de la ciudad lo respetaba y le solicitaba empleo y favores.
De hecho, el padre de Hubert era uno de sus empleados y admiraba a su jefe por encima de todas las cosas. Solía repetir con orgullo que en varios de los palacios de la realeza europea usaban vasos de cristal de El Gran Pantaleone. Hubert, sin embargo, hubiese preferido que su padre trabajara en el taller y en la tienda, junto a su madre.
Entró a la fábrica por una de las puertas laterales que daba a las oficinas. La mayoría de las familias originarias de Karlovy Vary se conocían entre sí y, cuando Hubert explicó el motivo de su visita y de quién era hijo, no tuvo problemas para llegar hasta el despacho principal. El Bisognosi tenía su centro de operaciones allí, sobre la fábrica. Mientras esperaba en una estancia decorada con pesadas cortinas y enormes alfombras, que recordaban más a una decadente mansión veneciana que a las casas funcionales y luminosas de Karlovy Vary, Hubert pudo escuchar los sonidos de los artesanos, moldeando y golpeando el cristal caliente debajo de él.
Apenas llevaba unos minutos esperando, cuando la puerta del despacho se abrió. De allí salió un hombre al que todos conocían bien en la ciudad, a pesar de que no vivía en ella la mayor parte del tiempo: Sebastian Moran, la mano derecha del Bisognosi.
Era un hombre alto, de no mucho más de treinta años, de hombros fornidos y aspecto desarreglado. Era de origen inglés y solía visitar Karlovy Vary de forma intermitente. Hubert nunca había simpatizado demasiado con él. Su padre le había explicado en una ocasión que Sebastian Moran había servido en el ejército británico, pero había sido expulsado hace tiempo. Siempre que Hubert lo veía, solía emitir un leve tufo a alcohol. Además, observaba a las mujeres con una mirada lasciva y provocadora que le resultaba repugnante. La idea de que el Bisognosi confiase en él para que gestionara sus asuntos hacía que a Hubert le gustase todavía menos el jefe de su padre.
Aquel día, Sebastian Moran no iba solo. Junto a él, se encontraba otro hombre de aspecto mucho más pulcro; alto y delgado, de mirada penetrante y frente orgullosa. Hablaban en inglés y Hubert no pudo entender bien lo que se decían, pero sí llegó a comprender el nombre con el que Sebastian Moran se dirigió al desconocido, con un gesto de cortesía: profesor Moriarty.
Resulta curioso cómo el tiempo acabó dando perspectiva a esta historia. Ese nombre no significó nada en aquel momento para él. Doce años después, cuando ya estaba viviendo muy lejos de allí, esforzándose en reprimir cualquier recuerdo relacionado con Karlovy Vary y todo lo que había dejado atrás, Hubert escuchó en boca de una muchacha llamada Emma Doyle que el profesor James Moriarty estaba muerto, que un hombre llamado Sherlock Holmes lo había matado.
Solo así, Hubert Jelinek, que para entonces ya utilizaba un apellido distinto, pudo empezar a...
| Erscheint lt. Verlag | 22.11.2022 |
|---|---|
| Illustrationen | Inma Moya |
| Verlagsort | Madrid |
| Sprache | spanisch |
| Themenwelt | Kinder- / Jugendbuch ► Spielen / Lernen ► Abenteuer / Spielgeschichten |
| Schlagworte | aventuras • detective • Londres • los irregulares • Misterio • mycroft holmes • Novela • Shangái • Sherlock Holmes |
| ISBN-10 | 84-18440-75-9 / 8418440759 |
| ISBN-13 | 978-84-18440-75-5 / 9788418440755 |
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